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Comentario
Aunque él no podía saberlo, Lorenz Kane estaba perdido desde el día que atropelló a
la muchacha de la bicicleta. La perdición propiamente dicha pudo haberle alcanzado en
cualquier parte, en cualquier momento; dio la casualidad de que sucediera en los
camerinos de un teatro de variedades una noche de finales de septiembre.
Por tercera vez en una semana había presenciado la actuación de Queenie Quinn, la
primera bailarina del espectáculo, una actuación digna de presenciarse, en verdad.
Vestida sólo con tres minúsculos pedazos de cinta azul, estratégicamente colocados,
Queenie, una rubia de elevada estatura y cuerpo de ninfa, había terminado su último
número de la noche y acababa de desvanecerse entre bastidores, cuándo Kane pensó que
una actuación privada de Queenie, en su apartamento de soltero, no sólo sería mucho más
agradable que una actuación en público, sino que indudablemente le produciría placeres
mucho mayores. Y como el número final, en el que Queenie, en su calidad, de estrella, no
debía aparecer, estaba empezando en aquel momento, decidió que era la ocasión ideal
para hablar con ella a fin de conseguir una actuación particular.
Salió del teatro y bajó rápidamente por el callejón hasta la puerta de entrada de los
artistas. Un billete de cinco dólares hizo que el portero le dejara entrar sin dificultades y
al cabo de un minuto llamaba con los nudillos a la puerta de un camerino decorado con
una estrella dorada. Una voz preguntó: «¿Sí?» No tenía intención de hacer su oferta a
través de una puerta cerrada, y conocía lo bastante la jerga utilizada entre bastidores para
saber la única pregunta que haría suponer a la muchacha que él era alguien relacionado
con el mundo del espectáculo que tenía una razón de peso para querer verla con.
urgencia.
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