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Comentario
El cuerpo de Gorrister colgaba, fláccido, en el ambiente rosado; sin apoyo alguno,
suspendido bien alto por encima de nuestras cabezas, en la cámara de la computadora,
sin balancearse en la brisa fría y oleosa que soplaba eternamente a lo largo de la caverna
principal. El cuerpo colgaba cabeza abajo, unido a la parte inferior de un retén por la
planta de su pie derecho. Se le había extraído toda la sangre por una incisión que se
había practicado en su garganta, de oreja a oreja. No habían rastros de sangre en la
pulida superficie del piso de metal.
Cuando Gorrister se unió a nuestro grupo y se miró a sí mismo, ya era demasiado tarde
para que nos diéramos cuenta de que una vez más, AM nos habla engañado, había
hecho su broma, su diversión de máquina. Tres de nosotros vomitamos, apartando la
vista unos de otros en un reflejo tan arcaico como la náusea que lo había provocado.
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