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Comentario
¡El diablo lo entienda! Cuando la gente cristiana se propone hacer
algo, se atormenta, se afana como perros de caza en pos de una
liebre, y todo sin éxito. Pero en cuanto se mete de por medio el
diablo, tan solo con que mueva el rabo, y no se sabe por dónde,
todo se arregla como si cayera del cielo.»
Una sonora canción fluía como un río por las calles del pueblo... Era
el momento en que los mozos y las mozas, fatigados por los
trabajos y preocupaciones del día, se reunían ruidosamente
formando un corro bajo los fulgores de una límpida noche, para
volcar toda su alegría en sonidos habitualmente inseparables de la
melancolía. El atardecer, eternamente meditativo, abrazaba
soñando al cielo azul, convirtiéndolo todo en vaguedad y lejanía.
Aunque ya había llegado el crepúsculo, las canciones no habían
cesado, cuando, con la bandurria en la mano, se deslizaba por las
calles, después de haberse escurrido del grupo de cantores, el
joven cosaco Levko, hijo del alcalde del pueblo.
Un gorro cubría la cabeza del cosaco, que iba por las calles
rasgueando las cuerdas de la bandurria e iniciando a su sonido
ligeros pasos de danza. Por fin se detuvo ante la puerta de una jata
circundada de pequeños guindos. ¿De quién era esta jata?... ¿De
quién era esta puerta?... Después de haber callado un momento,
Levko empezó a tocar la bandurria, y cantó:
El sol está bajo; la noche, cerca; sal a verme, corazoncito mío.
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