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Comentario
John Clark había pasado más tiempo en aviones que la mayoría
de los pilotos profesionales y conocía las estadísticas tan bien como cual-
quiera de ellos, pero la idea de cruzar el océano en un avión comercial
de dos motores seguía sin gustarle. Los aviones debían tener cuatro
motores, pensaba, porque en ese caso la pérdida de uno equivalía a
perder sólo el 25 por ciento del poder potencial del avión, mientras que
en este United 777 equivalía a perder
la mitad.
Tal vez la presencia de
su esposa, una de sus hijas y su yerno lo pusiera un poco más quisqui-
lloso que de costumbre. No, no era eso. No era en absoluto quisquilloso,
mucho menos cuando se trataba de volar. Era sólo una sensación... ¿de
qué? se preguntó. A su lado, en el asiento de la ventana, Sandy estaba
inmersa en la novela de misterio que había empezado el día anterior
mientras él intentaba concentrarse en el último número de
The
Economist
y se preguntaba a qué se debía esa sensación de escalofrío
en la nuca. Empezó a mirar la cabina en busca de alguna señal de peli-
gro, pero se reprimió abruptamente. Era imposible que viera algo omi-
noso y, por otra parte, no quería que la tripulación lo considerara un
pasajero nervioso. Bebió un sorbo de vino blanco, enderezó los hombros
y volvió al artículo que estaba leyendo. Curiosamente, refería a lo pací-
fico que era el nuevo mundo.
Claro.
Sonrió con algo de cinismo. Bueno, sí, debía admitir que las
cosas andaban muchísimo mejor que durante casi toda su vida. Nada
de salir nadando de un submarino para una misión secreta en una pla-
ya rusa, nada de volar a Teherán para hacer algo que a los iraníes no
les gustaría demasiado, nada de remontar las fétidas aguas de un río
en Vietnam del Norte para rescatar a un aviador derribado. Algún día,
tal vez, Bob Holtzman escribiría un libro sobre su carrera. Pero había
un problema: ¿quién le creería? ¿Y acaso la CIA le permitiría contar sus
hazañas, excepto en su lecho de muerte? No tenía ningún apuro por
llegar allí, mucho menos con un nieto en camino. Maldición. Sonrió con
tristeza, renuente a contemplar esa perspectiva. Patsy debía haberse
descuidado la noche de bodas y Ding parecía más contento que ella.
Miró en dirección a la
business class
?todavía no habían corrido las
cortinas?; allí estaban, tomados de la mano mientras la azafata daba
las instrucciones de seguridad.
Si el avión aterriza sobre el agua, bus-
que el salvavidas debajo de su asiento e ínflelo tirando de...
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