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Comentario
De modo que, ¿cómo iba el mundo aquella mañana? Aún peor que ayer. En todas las
oficinas del Pozo Etchmark el aire estaba a unos confortables 18 °C, pero había sudor en
la frente de Matthew Flamen, el último de los hurgones. Al mediodía, tenía que estar
montada, procesada, grabada, aprobada, corregida y cargada en los transmisores una
emisión de quince minutos, y en aquel momento lo único que estaba preparado eran los
dos minutos y cuarenta segundos de la publicidad. Punto tras punto de la lista que había
establecido después de dejarla madurar durante toda la noche había sido rechazado
como inutilizable, y faltaban aún nueve meses para la expiración de su contrato.
Era el clímax de una larga pesadilla recurrente. El planeta se había cerrado como una
ostra cansada y él, una hambrienta estrella de mar, no tenía fuerzas suficientes para
forzarla a que se abriera. ¿Forzarla? ¿A que se abriera?
Con un esfuerzo convulsivo lo consiguió; sus párpados se entreabrieron, y allí estaba el
cielo azul brillando por encima del cristal blindado unidireccional del techo de su
dormitorio. Estaba solo en la habitación; estaba solo en la casa. Aquello le alegró
profundamente. Su corazón martilleaba en sus costillas como un lunático exigiendo salir
del asilo, y él jadeaba tan violentamente que nunca hubiera conseguido formular una frase
coherente, ni siquiera un simple buenos días. Aunque nadie podía ser razonablemente
considerado responsable por el contenido de un sueño, se sintió horrible e indeciblemente
avergonzado
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