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Comentario
Es de esperar que las cosas importantes no sucedan jamás en el
momento adecuado. Ya se trate del nacimiento de un bebé o de una
emergencia nacional, esa clase de acontecimientos suele encontrar
dormida o indispuesta a la gente que debe hacerse cargo. En este caso
no había nada que hacer. Ben Goodley determinó que la CIA no tenía
efectivos in situ para confirmar la señal de inteligencia y que, por
interesado que estuviera su país en esa región, no se podrían
implementar acciones de ninguna clase. Las nuevas organizaciones
aún no habían alcanzado ese grado de información y, como de costum-
bre en esos casos, la CIA se haría la estúpida hasta que se enteraran.
Al hacerlo, la CIA cimentaba la convicción popular de que las nuevas
organizaciones eran tan eficaces como el gobierno cuando se trataba
de descubrir algo. No siempre era ése el caso, aunque se daba con más
frecuencia de lo que Goodley hubiera querido.
La SNIE (Estimación Especial de Inteligencia Nacional) sería
breve. La sustancia no requería pontificaciones y el hecho no era
difícil de presentar. Goodley y su especialista de área tardaron media
hora en bosquejarla. Imprimieron una copia para uso interno y trans-
mitieron una versión por módem a otras agencias gubernamentales
interesadas. Una vez hecho esto, regresaron al Centro de Operaciones.
Golovko hacía lo posible por dormir un poco. Aeroflot acababa de
comprar diez Boeing 777 para su servicio internacional a Nueva York,
Chicago y Washington, mucho más cómodos y confiables que los aviones
soviéticos en los que había viajado tantos años, aunque no lo entusias-
maba demasiado la idea de volar tan lejos con sólo dos motores, de
fabricación norteamericana o no, en vez de los acostumbrados cuatro.
Por lo menos los asientos de primera clase eran cómodos y el vodka que
había bebido poco después de despegar era ruso y de primera calidad.
La combinación de ambos detalles le había permitido dormir cinco
horas y media, hasta que la habitual desorientación de los viajes se hizo
presente obligándolo a despertar cuando sobrevolaban Greenland,
mientras su guardaespaldas continuaba inmerso en los sueños que su
profesión le permitía. En algún lugar más atrás, las azafatas también
estarían durmiendo lo mejor que podían en sus butacas plegables.
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