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Comentario
AL AMANECER LOS CUERPOS de los pájaros muertos brillaban en la luz húmeda del
pantano, y los plumajes grises colgaban sobre el agua quieta como nubes caídas.
Todas las mañanas, cuando Crispin salía a la cubierta de la nave, veía los pájaros
tendidos en las ensenadas y los canales donde habían muerto dos meses atrás —
limpias ahora las heridas por la lenta corriente— y observaba a la mujer canosa que
vivía en la casa vacía debajo del acantilado y caminaba entonces por la orilla del río. A
lo largo de la estrecha playa los pájaros inmensos, más grandes que cóndores, yacían
a los pies de la mujer. Mientras Crispin la contemplaba desde el puente de la nave, ella
caminaba entre los pájaros, agachándose de vez en cuando para arrancar una pluma
de las alas extendidas. Al final del paseo, cuando regresaba por el prado húmedo hacia
la casa, llevaba los brazos cargados de inmensos plumeros blancos. Al principio Crispin
había tenido una oscura sensación de molestia viendo cómo esta extraña mujer bajaba
hasta la playa y les quitaba sosegadamente las plumas a los pájaros muertos. Aunque
en las márgenes del río y en la ensenada donde estaba anclada la nave había miles de
criaturas muertas, Crispin las sentía aún como propiedad personal. El mismo, casi sin
ayuda, había sido responsable de la matanza de muchos pájaros en las últimas
terribles batallas, cuando llegaron de los nidos al mar del Norte atacando a la nave.
Cada una de las inmensas criaturas blancas —gaviotas en su mayor parte, mas unos
pocos petreles— llevaba en el corazón, como una joya, la bala de Crispin.
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