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Comentario
Bien por debajo de la planta de dormitorios, en antiguas bodegas de hormigón armado,
un relé se cerró en un ajuste automático silencioso y perfecto; hacia arriba, a todo lo largo
de la Casa Capitular, los pequeños ruidos se multiplicaron e incrementaron. El suave
ronroneo de maquinaria en las paredes; el gorgoteo del líquido condensándose en
acondicionadores; el traqueteo de los cocinadores con sus ollas gigantes, y sus inmensas
paletas que revolvían el rancho del desayuno; el batir de pistones bombeando agua hacia
arriba.
El pistolero Cade, hermano consagrado de la Orden de Milicianos, aplicado estudiante
de la Filosofía Klin, y ciudadano leal del Reino del Hombre, se agitó en su saco de dormir
sobre el limpio suelo plástico. Oyó a medias los crecientes rumores de la maquinaria de la
Casa, y advirtió el cambio de ritmo casi imperceptible de los ventiladores. No del todo
despierto, escuchó el sonido final de la mañana, el ruido áspero de las rejas de las
puertas al embutirse cansinamente en sus encajes, en las paredes de piedra.
Propio es que el emperador reine.
Propio es que los milicianos sirvan al emperador a través del Maestro de Poder y de
sus estrellas particulares.
Mientras así se haga, todo irá bien, hasta la culminación de los tiempos.
Las palabras llegaron a su mente sin esfuerzo, antes de abrir los ojos. No tenía que
esforzarse por recordarlo desde los seis años, cuando, entre sus padres y él, decidieran
que sería un Hermano de la Orden. Por, al menos, la seismilésima vez, comenzaba el día
con la jaculatoria de Klin
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