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Comentario
El misterioso mercurio que convierte ciertas páginas de
poesía en un espejo capaz de reflejar las más reveladoras
imágenes del sueño y de la tierra, suele, a menudo,
disolverse con los años para dejar sólo un papel
amarillento, unas palabras carbonizadas. Era falso.
Al abrir ciertos libros que nos parecieron invulnerables en
su momento suele encontrarse en ellos apenas algún
huesecillo de frases que resiste, o sólo la flor ya seca que se
colocó como señal. El miedo a la poesía, al extremo
testimonio del ser que ella exige, la sumisión a toda clase
de cálculos y conformismos acaba, tarde o temprano por
aparecer al desnudo. Un metro de hierro negro restablece
entonces, con despiadada objetividad, las jerarquías. Lo
más bello del tiempo, su blasfemia, establece
constantemente una óptica nueva.
Casi medio siglo desde la aparición de una obra poética
es tal vez el mínimo lapso exigible para estimar su poder,
su resistencia a los gérmenes de descomposición que ponen
en ella las circunstancias, el tono de una época, la situación
histórica. Sólo una fuerza poética capaz de engendrar
incesantemente nuevas energías, de abrir nuevas
perspectivas de interpretación a las que parecieran haberse
consumido en un momento dado, la salvarán de todo
carácter fantasmal, harán de la misma una constelación. Al
acercarnos hoy a la poesía de Girondo, se nos presenta
indemne. Nada se ha perdido de la fresca vitalidad de sus
primeros libros, y mucho menos, de la trágica aventura
existencial que testimonia el último. De uno a otro extremo
brilla la trayectoria de ese “rayo que no cesa”, la expresión
de un espíritu en el que se nos imponen como rasgos
capitales una apasionada avidez de la vida y una ardiente
sinceridad.
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