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Comentario
Sheridan conducía con lentitud frente a la larga fachada lisa del centro comercial cuando vió al
chiquillo salir por las puertas principales, situadas bajo el cartel iluminado. Era un niño, de tal
vez algo más de tres años, aunque, sin duda, no pasaba de los cinco. En su rostro se leía una
expresión a la que Sheridan se había tornado muy perceptivo. Estaba intentando contener las
lágrimas, pero no tardaría en echarse a llorar.
Sheridan se detuvo un instante mientras le acometía la familiar sensación de disgusto..., aunque
cada vez que se llevaba a un niño, la sensación se hacía menos acuciante.
Sheridan estacionó la furgoneta en unas de las plazas mas cercanas al centro comercial y
reservadas a los inválidos. En la parte trasera de la furgoneta llevaba una matrícula especial que
el estado concede a los inválidos. La matrícula valía su peso en oro, porque impedía que los
guardias de seguridad sospecharan y, además, porque esas plazas resultaban muy prácticas y casi
siempre estaban vacías
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