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Comentario
Amanece.
Odio despertarme, odio volver a este mundo de pesadilla. El sueño es descanso, mínimo,
pero descanso. El sueño es escape. En el sueño, en mis sueños, no hay dragones, ni trasgos ni
pobreza.
Me levanto. Miro hacia la ciudadela con la vana esperanza de que haya desaparecido durante
la noche. Pero no, sigue ahí, el refugio de Njord el Dragón de las Siete Cabezas y de su guardia
pretoriana de setecientos trasgos voladores.
No salen de la ciudadela desde hace seis meses. ¿Para qué iban a salir? En la mazmorra más
profunda tienen recluida a la princesa Vignuss. Nadie en la ciudad osa oponérseles para no poner
en peligro la vida de la princesa. Todos sus deseos se cumplen. Piden comida y se les entrega.
Piden oro y se les entrega. Piden madera de los bosques y se les entrega. Piden cien doncellas
vírgenes y... Hay cosas en las que es mejor no pensar.
Me levanto de mi lecho. Soy pobre, el duro suelo es mi cama y las estrellas mi manta. No
tengo nada excepto a mí mismo, mis vestiduras y el Libro. Los habitantes de la ciudad me dan de
comer. No es caridad. Mantienen la esperanza de que lo que dijo el oráculo de Íscalis sea verdad.
Quieren creer que yo soy la prueba viviente, el vocero que algún día, tal vez hoy, les anunciará la
noticia, que alguien se va a atrever a lanzarse sobre la ciudadela a matar a los trasgos y al dragón.
Quieren creer que si me voy ya no habrá esperanza. Yo también quiero creerlo. Pero no puedo.
El pueblo empieza a vivir. La vida no se puede parar sólo porque un dragón y un puñado de
trasgos tienen retenida a la princesa. Hay que trabajar, ganarse el pan que van a comer los hijos.
Hoy es día de mercado y la mayoría de los puestos están montados desde antes del amanecer, ya
se empieza a ver gente entre ellos curioseando, revolviendo, comprando, hablando, comentando
los últimos movimientos de los trasgos en las murallas, preguntándose si continuará la
incertidumbre de saber si seguirán vivos durante otro día, viviendo. Una vida miserable, pero
vida al fin y al cabo.
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