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Comentario
Las luces del paseo se encendieron creando alguna tenue sombra en la arena de la playa.
Un niño con la cabeza rapada pasó en bicicleta delante de Jeremías.
Cuando se alejaba, giró la cabeza y le mostró la lengua.
Jeremías sintió el irrefrenable impulso de lanzarse hacia él, agarrarlo y tirarle de la bicicleta, pero tras
tensarse eligió seguir su camino.
Las baldosas ascendieron en rampa hasta el paseo del puerto, donde las gaviotas habían ido
desapareciendo a medida que los pescadores regresaban a sus hogares.
Se apoyó en una barandilla y así permaneció, mirando el horizonte. Abajo, en la orilla, un hombre
chapoteaba con el agua hasta los tobillos mientras encendía un cigarro.
Tuvo ganas de saltar abajo y hacerle tragar el maldito cigarro.
Pero prefirió contemplar la caída de la tarde por encima del apacible mar.
El individuo del cigarro se acercó a una bolsa de deporte y de ella extrajo una escopeta con mira
telescópica.
Jeremías se agarró con fuerza a la barra que le sujetaba y vio que el individuo tiraba la colilla sobre la
arena y la pisaba con la planta de su desnudo pie.
Entonces se giró y apuntó al mar, como si supiera desde un principio hacia donde debía dirigir la mira.
Era un tipo mayor, de unos cincuenta años. Estaba embutido en un bañador violeta, medio calvo y
cargado de kilos hasta en las cejas.
Jeremías olvidó la discusión con su mujer y volvió a sacar la petaca del bolsillo.
Al diablo
, pensó.
Bebió un par de tragos y decidió bajar a curiosear cerca de aquel extraño individuo.
Se acercó a él sigilosamente y miró a través de su escopeta en la dirección del cañón, donde sólo se
movían las olas.
En la mochila entreabierta había un par de cargadores y un paquete de cigarrillos
Poor air
.
—Disculpe.
El gordo se dio la vuelta con la escopeta alzada, como si supiera que la policía estuviera detrás de él y
quisiera tirar el arma
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