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Comentario
La mañana filtraba su luz a través del cielo, prestándole el tono grisáceo de la tierra.
La sembradora terminó de arar la superficie de los tres mil acres. Cuando hubo trazado el último surco,
trepó a la carretera para contemplar su labor. Había hecho un buen trabajo. Pero la tierra era mala. Como
todo el suelo del planeta, estaba viciada por la siembra intensiva. Habría debido quedar en barbecho por
un tiempo, pero la sembradora tenía otras órdenes.
Bajó lentamente por la ruta, sin apresurarse. Era lo bastante inteligente como para apreciar el esmero de
su fabricación. Nada fallaba, salvo un ánodo de inspección que estaba flojo, encima de las pilas nucleares;
habría que ajustarlo. Sus nueve metros de altura eran tan compactos que la luz mortecina no hallaba en
ellos resquicio donde filtrarse.
Camino a la Estación de Agricultura, la sembradora no se cruzó con ninguna máquina. Lo notó sin
comentarios. Al llegar al patio de la estación se encontró con varias otras. A esas horas, muchas de ellas
debían de estar en actividad. En cambio, algunas permanecían inactivas, y otras recorrían el patio de un
modo extraño, entre gritos o bocinazos
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