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Comentario
Los hay que siguen escribiendo esos relatos anticuados sobre Tratos con el
Demonio. Ya saben, azufre, conjuros y pentagramas; engaños, burlas y
ensueños. No saben lo que dicen. El demonismo del siglo veinte es liso y
aerodinámico como los ascensores automáticos, la televisión, las máquinas
tragaperras y el resto de los aparatos y servicios modernos que te dejan
desvalido y furioso.
Hace un año me echaron por tercera vez en diez meses de mi trabajo. Tuve
que enfrentar el hecho de que era un fracasado. Estaba además sin un
céntimo. Decidí vender mi alma al Diablo; el único problema era encontrarlo.
Acudí a la sala principal de referencia de la biblioteca y leí todo lo que había
sobre demonología. Como dije, pura palabrería. De cualquier modo, si hubiese
podido permitirme disponer de los costosos ingredientes que, según decían,
podían servir para conjurar al Diablo, no habría tenido en realidad necesidad
alguna de tratar con él. No veía salida alguna, así que hice lo más natural: me
dirigí al Servicio de Celebridades. Un delicado joven contestó a mi llamada.
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