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Comentario
Fuera, la noche era silenciosa y estrellada. En el salón de la casa se respiraba un
ambiente tenso. El hombre y la mujer que allí estaban se contemplaban con odio, a unos
pocos metros el uno del otro.
El hombre tenía los puños cerrados como si debiera utilizarlos, y los dedos de la mujer
estaban separados y curvados como garras, pero ambos mantenían los brazos rígidamente
estirados a lo largo de su cuerpo. Eran seres civilizados.
Ella habló en voz baja:
- Te odio - dijo -. He llegado a odiar todo lo que te concierne.
- No me extraña - replicó él -. Ya me has arrancado hasta el último céntimo con tus
extravagancias, y ahora que ya no puedo comparte todas las tonterías que tu egoísta
corazoncito...
- No es eso. Ya sabes que no es eso. Si aún me trataras igual que antes, sabes que el
dinero no importaría. Es esa... esa mujer.
El suspiró como aquel que suspira al oír una cosa por diezmilésima vez.
- Sabes muy bien - dijo - que ella no significaba nada para mí, absolutamente nada. Tú
me empujaste a hacer... lo que hice. Y, a pesar de que no significara nada para mí, no lo
lamento. Volvería a hacerlo.
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