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Comentario
-Mira mamá, el reloj está marchando para atrás.
Eddie Fetts señaló las manecillas de la esfera del reloj en la cabina de comando.
-Ha de haberlo descalabrado el choque -dijo la doctora Paula Fetts.
-Y eso, ¿cómo es posible?
-No sé, hijo. Yo no sé todas las cosas.
-¡Oh!
-¿Por qué estás tan contrariado? No soy técnico electrónico, soy patóloga.
-No te enojes tanto conmigo, mamá. No lo puedo soportar. No en este momento.
Eddie abandonó bruscamente la cabina. Su madre lo siguió, angustiada. El sepelio de los
tripulantes de la nave y el de sus colegas científicos había sido una dura prueba para él.
Desde niño la visión de la sangre le provocaba náuseas y mareos; a duras penas había logrado
vencer el temblor de sus manos lo suficiente para ayudarle a ella a ensacar los huesos y los
órganos dispersos.
Él había querido arrojar los cadáveres al horno nuclear, pero ella se lo había prohibido. Los
contadores Geiger, pulsando ruidosamente en el centro de la nave, anunciaban la invisible
presencia de la muerte en la popa.
El meteoro que había chocado con la nave en el momento en que ésta salía de Traslación para
entrar en el espacio normal había estropeado, al parecer, la sala de máquinas. Eso al menos le
habían dado a entender los chillidos entrecortados de uno de sus colegas antes de que huyera
despavorido a refugiarse en la cabina de comando. La doctora Fetts se había apresurado a buscar a
Eddie. Temía que su puerta estuviera cerrada por dentro, pues su hijo había estado grabando el
aria “Pesado cuelga el albatros” de la ópera
El Viejo Marino
de Gianelli.
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