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Comentario
El castillo de Chapultepec brillaba aquella noche como un árbol de Navidad, con sus
múltiples lucecitas. Parecía una visión de ensueño, un cuento de hadas hecho
realidad, una fatamorgana que hubiese descendido del aire y ante la mirada atónita
del caminante se hubiese convertido y concretado en bloques de granito, en luz y en
rumor bullicioso.
La causa de este bullicio y de esta iluminación era una ostentosa fiesta que en el
castillo tenía lugar: Carranza, el célebre presidente de la patria que un día fue de los
aztecas, celebra el aniversario de su natalicio. ¿Qué mayor motivo de fiesta y ornato
podía darse en el castillo, que el de celebrar el natalicio de su morador, del creador
del México moderno, el promulgador de la nueva constitución, el mandatario más
grande que ha tenido México después de Juárez y Madero y cuyo igual no lo verá la
generación actual?
Las avenidas y la gradería central eran todo movimiento. Hasta entrada la noche
habían circulado por aquellas, soberbios carruajes que, ora con diplomáticos o
militares vestidos de gala, ora con toda clase de dignatarios vestidos de rigurosa
etiqueta, ora con hermosas y aristocráticas damas, habían dado quehacer a los
guardias encargados de mantener el orden de sus movimientos y paradas.
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