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Comentario
Una de las mayores sorpresas para los investigadores del Manuscrito Pictórico de la Cultura Maya,
recientemente editado por don Manuel Porrúa, es quizá la pieza marcada con el número 25. Merced a ella se
hace posible demostrar palmariamente que los mayas -los "griegos de América", como con justicia se les ha
denominado- tuvieron un conocimiento cabal y exacto de los movimientos solares relativos a los solsticios y
equinoccios y habían llegado a lograr grandes avances en la matemática y la astronomía.
El símbolo de la cruz, que tanto intrigó a los conquistadores a su llegada a estas tierras, haciéndoles pensar
en que hasta estas regiones habían llegado los apóstoles del cristianismo o monjes budistas, se nos aparece
ahora, en este "códice", sólo como la pauta geométrica utilizada por los mayas para la cuadrangulación celeste
y sin relación alguna con la cruz que empuñaban los hombres blancos. Con tal carácter aparece en la división
de los tres rectángulos que sintetizan aquella cuadrangulación por medio de los cuales representaron los
mayas la tierra, el submundo y el cielo.
Tales rectángulos, que dieron lugar a los famosos trece ciclos cuadrangulares de que nos hablan los literatos
mayas, no son, en verdad, sino la expresión simbólica del ofidio divino, la representación cósmica considerada
como cuadrado, CAN y como círculo, CAN -espacio y tiempo-, cuya combinación admirable da por
resultado el cabal conocimiento de los valores aritméticos usados por los mayas para llevar a cabo los estudios
siderales bajo todos sus aspectos.
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