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Comentario
Entre las grandes figuras de la edad media, hay pocas cuyo estudio sea más pro-
pio que la de San Bernardo, para disipar algunos prejuicios queridos del espíritu mo-
derno. ¿Qué hay, en efecto, más desconcertante para este espíritu que ver a un puro
contemplativo, que ha querido ser y permanecer siempre tal, llamado a desempeñar
un papel preponderante en la dirección de los asuntos de la Iglesia y del Estado, y
que triunfa frecuentemente allí donde había fracasado toda la prudencia de los políti-
cos y de los diplomáticos de profesión? ¿Qué hay más sorprendente e incluso más
paradójico, según la manera ordinaria de juzgar las cosas, que un místico que no
siente más que desdén para lo que llama «las argucias de Platón y las sutilezas de
Aristóteles», y que triunfa no obstante sin esfuerzo sobre los más sutiles dialécticos
de su tiempo? Toda la vida de San Bernardo podría parecer destinada a mostrar, por
un ejemplo brillante, que existen, para resolver los problemas del orden intelectual e
incluso los de orden práctico, otros medios que aquellos a los que se está habituado
desde hace mucho tiempo a considerar como los únicos eficaces, sin duda porque son
los únicos al alcance de una sabiduría puramente humana, que no es ni siquiera la
sombra de la verdadera sabiduría. Esta vida aparece así en cierto modo como una
refutación anticipada de esos errores, opuestos en apariencia, pero en realidad solida-
rios, que son el racionalismo y el pragmatismo; y al mismo tiempo, confunde e in-
vierte, para quien la examina imparcialmente, todas las ideas preconcebidas de los
historiadores «cientificistas» que estiman, con Renan, que la «negación de lo sobre-
natural forma la esencia misma de la crítica», lo que, por lo demás, admitimos de
buena gana, pero porque vemos en esta incompatibilidad todo lo contrario de lo que
ven ellos, es decir, la condena de la «crítica» misma, y no la de lo sobrenatural. En
verdad, en nuestra época, ¿qué lecciones podrían ser más provechosas que esas?
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