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Comentario
En todo el óleo que el mundo había proporcionado para la unción de John Martels,
Doctor en Ciencias, Miembro de la Real Sociedad de Astronomía, etc., había una sola
mosca: algo fallaba en su telescopio.
Martels, de treinta años de edad y soltero, era a la vez un estadístico y un beneficiario
de lo que sus compatriotas ingleses llamaban amargamente la fuga de cerebros, la
captación de las mejores mentes británicas por los Estados Unidos, que les ofrecían
mayores ingresos, impuestos más bajos y la ausencia aparente de cualquier sistema
clasista. Y él no había encontrado ningún motivo para criticarlos, ni le remordía la
conciencia: sus padres habían muerto, y, en lo que a él respecta, no le debía nada al
Reino Unido.
Desde luego, las ventajas de vivir en los Estados Unidos no eran tan diáfanas como le
habían sido presentadas, pero él nunca había esperado otra cosa. Tomemos la
aparente ausencia de un sistema clasista, por ejemplo: todo el mundo sabia que los
negros, los Hispanoamericanos y los pobres en general eran objeto de una feroz
discriminación, y que la oposición política de cualquier tipo al establishment se estaba
haciendo cada vez más peligrosa. Pero lo que contaba en lo que a él respecta era que
no se trataba del mismo género de sistema clasista.
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