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Comentario
Sherlock Holmes cogió el frasco de la esquina de la repisa de la chimenea y
sacó la jeringuilla hipodérmica de su elegante estuche de tafilete. Ajustó la
delicada aguja con sus largos, blancos y nerviosos dedos y se remangó la
manga izquierda de la camisa. Durante unos momentos, sus ojos pensativos
se posaron en el fibroso antebrazo y en la muñeca, marcados por las
cicatrices de innumerables pinchazos. Por último, clavó la afilada punta,
apretó el minúsculo émbolo y se echó hacia atrás, hundiéndose en la butaca
tapizada de terciopelo con un largo suspiro de satisfacción.
Yo llevaba muchos meses presenciando esta escena tres veces al día, pero
la costumbre no había logrado que mi mente la aceptara. Por el contrario,
cada día me irritaba más contemplarla, y todas las noches me remordía la
conciencia al pensar que me faltaba valor para protestar. Una y otra vez me
hacía el propósito de decir lo que pensaba del asunto, pero había algo en los
modales fríos y despreocupados de mi compañero que lo convertía en el
último hombre con el que uno querría tomarse algo parecido a una libertad.
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| Autor : Conan Doyle Arthur |
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