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Comentario
Te debo una carta, y unas páginas para el número de la Revista que tratará de la
situación del intelectual latinoamericano contemporáneo. Por lo que verás a renglón casi
seguido, me resulta más sencillo unir ambas cosas; hablando contigo, aunque sólo sea
desde un papel por encima del mar, me parece que alcanzaré a decir mejor algunas cosas
que se me almidonarían si les diera el tono del ensayo, y tú ya sabes que el almidón y yo
no hacemos buenas camisas. Digamos entonces que una vez más estamos viajando en
auto rumbo a Trinidad y que después de habernos apoderado con gran astucia de los dos
mejores asientos, con probable cólera de Mario, Ernesto y Fernando apiñados en el
fondo, reanudamos aquella conversación que me valió pasar tres maravillosos días en
enero último, y que de alguna manera no se interrumpirá jamás entre tú y yo.
Prefiero este tono porque palabras como “intelectual” y “latinoamericano” me hacen
levantar instintivamente la guardia, y si además aparecen juntas me suenan en seguida a
disertación del tipo de las que terminan casi siempre encuadernadas (iba a decir
enterradas) en pasta española. Súmale a eso que llevo dieciséis años fuera de
Latinoamérica, y que me considero sobre todo como un cronopio que escribe cuentos y
novelas sin otro fin que el perseguido ardorosamente por todos los cronopios, es decir su
regocijo personal. Tengo que hacer un gran esfuerzo para comprender que a pesar de esas
peculiaridades
soy
un intelectual latinoamericano; y me apresuro a decirte que si hasta
hace pocos años esa clasificación despertaba en mí el reflejo muscular consistente en
elevar los hombros hasta tocarme las orejas creo que los hechos cotidianos de esta
realidad que nos agobia (¿
realidad
esta pesadilla irreal, esta danza de idiotas al borde del
abismo?) obligan a suspender los juegos, y sobre todo los juegos de palabras. Acepto,
entonces, considerarme un intelectual latinoamericano, pero mantengo una reserva: no es
por serlo que diré lo que quiero decirte aquí. Si las circunstancias me sitúan en ese
contexto y dentro de él debo hablar, prefiero que se entienda claramente que lo hago
como un ente moral, digamos lisa y llanamente como un hombre de buena fe, sin que mi
nacionalidad y mi vocación sean las razones determinantes de mis palabras. El que mis
libros estén presentes desde hace años en Latinoamérica no invalida el hecho deliberado
e irreversible de que me marché de la Argentina en 1951 y que sigo residiendo en un país
europeo que elegí sin otro motivo que mi soberana voluntad de vivir y escribir en la
forma que me parecía más plena y satisfactoria
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