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Comentario
DON LINGARD se alisó cuanto pudo la guerrera del uniforme y golpeó en la puerta
del despacho del comandante en jefe. Esperaba que su llamada habría tenido las
proporciones correctas de decisión y deferencia que se pueden pedir al simple
tac-
tac
en el panel de una puerta.
La llamada fue seguida al otro lado de la puerta por un fuerte e indefinible ruido de
origen humano. Don entendió que esto quería decir «¡Adelante!» y entró. La
habitación era larga y estrecha y el comandante en jefe estaba sentado delante de
su mesa, al fondo del cuarto, inclinado sobre unos papeles. Don se adelantó con
firmeza, cosa nada fácil dado el mínimo de gravedad existente en el Asteroide
Cepha III. Se detuvo exactamente en el centro de la mesa, enfrente del co-
mandante, a un metro de él, y saludó. Transcurrido aproximadamente medio
minuto, el comandante levantó la cabeza. Tenía la cara bastante macilenta y los
ojos de un azul desteñido. Miró a Lingard, observando su correcta rigidez, su impe-
cable uniforme negro y su único galón
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