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SONYA LA ROJA


 
Comentario
Han sido esos perros convenientemente vestidos y cebados? —Sí, Protector de los Creyentes. —Pues que los traigan y que se arrastren ante la presencia. Y fue de aquel modo como los embajadores, pálidos tras los muchos meses de prisión, fueron conducidos ante el trono de Solimán el Magnífico, sultán de Turquía, y el monarca más poderoso en un tiempo de monarcas poderosos. Bajo el gran domo púrpura de la sala real brillaba el trono ante el que temblaba el mundo entero... revestido de oro y con perlas incrustadas. La fortuna en gemas de un emperador adornaba el palio de seda del que colgaba una red de perlas brillantes rematada con un festón de esmeraldas. Aquellas joyas formaban como un halo de gloria por encima de la cabeza de Solimán. Sin embargo, el esplendor del trono palidecía ante la presencia de la centelleante silueta que en él se sentaba, ataviada de pedrerías y con un turbante cuajado de diamantes y rematado con una pluma de garza. Sus nueve visires se encontraban cerca del trono, en actitud humilde. Los soldados de la guardia imperial se alineaban ante el estrado... Solaks con armadura, plumas negras, blancas y escarlatas ondeando por encima de los dorados cascos. Los embajadores de Austria se quedaron pasablemente impresionados... tanto más cuando habían tenido nueve largos meses para reflexionar en el siniestro Castillo de las Siete Torres que dominaba el Mármara. El jefe de los em- bajadores se tragaba la cólera y disimulaba el rencor que sentía bajo una máscara de sumisión... una extraña capa reposaba en los hombres de Habordansky, general de Fernando, archiduque de Austria. Su cabeza, de duras facciones, parecía una incongruencia entre aquellos ropajes de seda brillante —un presente del despreciable sultán— que parecían más un disfraz, estirando el cuello mientras le llevaban ante el trono unos robustos jenízaros que le sujetaban firmemente por los brazos. Así se presentaban ante el sultán los enviados de los países extranjeros desde aquel lejano día en Kossova en que Milosh Kabilovitch, caballero de la mutilada Servia, matase a Murad el Conquistador con una daga oculta entre sus vestimentas
Autor : Howard Robert
 
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