 |
|
Comentario
La chica que conducía el jeep era muy guapa y muy nórdica. Llevaba el pelo
rubio recogido hacia atrás en una cola de caballo, pero lo tenía tan largo que
parecía más bien la cola de una yegua. Llevaba sandalias, unos vaqueros
gastados, y nada más. Estaba bellamente bronceada. Cuando hizo girar el jeep
saliéndose de la Quinta Avenida y enfiló entre saltos las escaleras de la
biblioteca, sus senos danzaban encantadoramente.
Aparcó frente a la entrada de la biblioteca, salió del coche, y estaba a punto de
entrar cuando algo del otro lado de la calle atrajo su atención. Miró, vaciló, se
miró luego los pantalones e hizo una mueca. Se quitó los pantalones y se los
tiró a las palomas que perpetuamente pían y se arrullan en las escaleras de la
biblioteca. Mientras éstas levantaron el vuelo asustadas, la chica bajó corriendo
hasta la Quinta Avenida, cruzó y se detuvo ante el escaparate de una tienda.
En él había un vestido de lana color ciruela. Tenía la cintura alta, falda muy
larga, y no demasiados agujeros de polillas. El precio era setenta y nueve
dólares y noventa centavos.
| |