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Comentario
Cuando T cumplió diez años su máquina ya se hallaba en los confines de la
Galaxia. T no era su nombre - nunca pasó por las mentes del laboratorio la idea de
bautizarle - sino el símbolo que figuraba en el casco de su máquina y como
nombre era más que suficiente. Además, tampoco era su máquina; era más bien
él quien pertenecía a ella. No podía alegar que desempeñaba el honorable papel
de piloto, ni siquiera el más humilde de pasajero; era un instrumento cuyos
segundos de utilidad estaban a doscientos años en el futuro.
Yacía como un gusano en el corazón de una manzana en el mismo centro de la
máquina, mientras ésta atravesaba rauda el espacio y el tiempo. Permanecía
inmóvil; no se le presentaba el impulso de moverse, ni hubiera podido obedecerlo
de habérsele presentado. En realidad, T había sido creado sin piernas... su único
miembro era un brazo. Además, la máquina le rodeaba estrechamente por todos
lados. Lo alimentaba mediante tubos que introducían en su cuerpo una fina
corriente de vitaminas y proteínas. Hacía circular su sangre gracias a un diminuto
motor que palpitaba en el mamparo de estribor como un corazón. Expulsaba sus
productos residuales mediante un sifón que funcionaba continuamente. Producía
su provisión de oxígeno. Regulaba de tal modo a T, que éste no crecía ni
envejecía. Gracias a ello, seguiría vivo dentro de doscientos años.
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