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Comentario
Escuché cómo se acercaban los pasos desde el fondo del pasillo y mientras vigilaba la
puerta, la puerta que no tenía manecilla por mi lado, ésta se abrió.
Había creído reconocer las pisadas y no me había equivocado. Era el joven simpático,
aquel cuyo brillante cabello contrastaba con su blanca chaqueta del uniforme.
- Hola, Red - le dije.
- Hola, mister Marlin - me contestó él -. Le... le llevaré a la oficina. Ahora están allí
los doctores.
Parecía más nervioso que yo.
- ¿Cuánto tiempo falta aún?
- ¿Cuánto...? Oh, ya comprendo. Ahora están examinando a un par más antes que a
usted. Tiene tiempo.
Así pues, no me levanté del borde de la cama donde me hallaba sentado. Extendí las
manos ante mí, con las palmas hacia fuera y los dedos rígidos. Ya no temblaban.
Permanecían rígidos como los de una estatua, y casi igual de útiles. ¡Oh, podía moverlos!
Podía cerrar los puños muy despacio. Pero para tocar el clarinete y el saxo servían tanto
como un manojo de plátanos. Las volví..., en mis muñecas aún podían verse las feas
cicatrices, allí donde, algo menos de un año antes, yo mismo las había cortado con una
navaja de afeitar. Lo bastante hondo como para llegar a alguno de los tendones que hacen
mover los dedos.
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