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Comentario
El doctor Chatvieux se pasaba las horas sobre el microscopio, dejando a La Ventura sin otra ocupación que la
de contemplar el muerto paisaje de Hydrot. Mejor seria llamarlo marina, pensó, pues el nuevo mundo sólo
presentaba un pequeño continente triangular plantado en medio del océano infinito, e incluso este breve
territorio estaba en gran parte inundado.
Los restos de la nave repobladora yacían rotos sobre el único rastro de roca que Hydrot parecía poseer, y que
se elevaba a unos majestuosos siete metros por encima del mar. Desde esta eminencia. La Ventura podía ver a
cuarenta millas de distancia por encima de un llano fangoso. La roja luz de la estrella Tau Ceti, titilando sobre
millares de pequeños lagos, lagunas, estanques y charcos, convertía la inundada llanura en un mosaico de
ónice y rubí.
Si fuese un hombre religioso - dijo, de pronto, el piloto -, llamaría a esto un caso claro de venganza divina.
Chatvieux emitió un pequeño gruñido interrogador.
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