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Comentario
De los dos fanáticos sureños, el menor y el menos corpulento era Billy Ray Cobb. A los
veintitrés años había cumplido ya una condena de tres en la penitenciaría estatal de Parch-
man por posesión de drogas con intención de traficar. Era un
lgas que había sobrevivido en la cárcel a base de asegurarse un suministro regular de
drogas, que, a cambio de protección, vendía, y a veces regalaba, a los negros y a los carce-
leros. En el año transcurrido desde que lo pusieron en libertad ganó dinero y su pequeño
negocio de narcotráfico le había convertido en uno de los racistas sureños más prósperos
de Ford County. Era en hombre de negocios con empleados, obligaciones y contratos; todo
menos impuestos. En el concesionario Ford de Clanton se le conocía como el único indivi-
duo en los últimos tiempos que había pagado al contado una camioneta nueva. Dieciséis mil
dólares contantes y sonantes por una lujosa Camioneta Ford de color amarillo canario, per-
sonalizada y con tracción en las cuatro ruedas. Las caprichosas llantas cromadas y los
neumáticos todo terreno eran producto de un intercambio comercial y la bandera rebelde
que colgaba de la ventana posterior la había robado a un
fútbol de Ole Miss. Su camioneta era la propiedad que más enorgullecía a Billy Ray. Sen-
tado sobre la cola de la caja, tomaba una cerveza, se fumaba un porro y contemplaba a su
amigo Willard, que disfrutaba de su turno con la negrita
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