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Comentario
ERA el capitán MacWhirr, del vapor NanShan, un hombre cuya fisonomía, en
cuanto a apariencias externas se refiere, reflejaba fielmente su mentalidad. No denotaba
características, tales como la firmeza o la estupidez. Carecía en absoluto de características
pronunciadas. Era el suyo un rostro corriente e inmutable.
De su aspecto sólo se podría decir que se le traslucía a veces cierta timidez; porque
llegado a tierra, acostumbraba sentarse en las oficinas, sonriente, tostado por el sol, y con
los ojos entornados. Cuando levantaba la vista se le descubría una mirada franca y azul.
Su cabello rubio y en extremo delgado le cubría la calvicie, de sien a sien, con una pelusa
sedosa. Contrastaba con el pelo de su cara, rojizo y brillante. Parecía éste un brote de
alambre de cobre, cortado al ras del labio superior. Por mucho que se afeitara, cualquier
movimiento de su cabeza ponía en juego reflejos metálicos sobre sus mejillas. Era más
bien bajo, de hombros cargados, y debido a que sus brazos y piernas eran tan morrudos,
su ropa daba siempre la impresión de quedarle demasiado ajustada. Tal cual si le fuera
imposible diferenciar entre las latitudes, llevaba siempre un tongo marrón, un terno com-
pleto de tintes cafés y un par de toscas botas negras. Esta tenida para desembarcar daba a
su figura maciza una apariencia de elegancia rígida. Una delgada cadena de plata para el
reloj cruzaba su chaleco; y jamás dejaba el navío sin antes coger con sus poderosas ma-
nos un elegante paraguas de la mejor calidad que mantenía suelto. El joven Jukes, primer
oficial del barco, acompañaba a su jefe hasta la planchada. Algunas veces, armándose de
coraje y dirigiéndose a él con la mayor deferencia, le decía: "Permítame, señor", y así
diciendo tomaba el paraguas y lo levantaba en el aire al tiempo que lo sacudía para orde-
nar los pliegues, y se lo devolvía de inmediato; toda esta maniobra la llevaba a cabo con
tal expresión de gravedad, que al observarlo desde el tragaluz, mientras fumaba su
cigarro matutino, el ingeniero jefe, Solomon Rout, tenía que dar vuelta la cara para
disimular una sonrisa. "¡Ah, sí!, gracias, Jukes, gracias", murmuraba amistosamente el
capitán sin alzar la vista
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