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Comentario
Le cogieron en París.
Los seres misteriosos habían desaparecido. Pero unas cuantas chozas de brillante
metal en la tundra siberiana daban mudo testimonio de que no había sido una
pesadilla.
En realidad, podía haber sido una pesadilla. Una pesadilla durante la cual la Tierra
había permanecido indefensa, incapaz de resistir o de huir, mientras las extrañas
formas aleteaban sobre sus verdes campos y sus hermosas ciudades. Y el
despertar no había aportado la convicción de que todo había sido un mal sueño.
No, había sido una espantosa realidad. Y los terrestres no habían sido capaces de
resistir a los seres misteriosos, del mismo modo que un chiquillo no es capaz de
matar al ogro de su cuento favorito.
Un curioso parangón, porque lo que finalmente había salvado a la Tierra había
sido un cuento infantil. Una fábula.
La antigua fábula del león y el ratón. Cuando el león hubo agotado su orgullosa
ciencia contra los invencibles e inmortales invasores de la Tierra, el ratón atacó y
los venció.
El ratón, en este caso, fueron los microbios, una de las formas de vida más
diminutas: como en el cuento de Wells, los seres misteriosos no estaban
inmunizados contra las infecciones bacterianas. Sus monstruosos cuerpos fueron
fácil presa de las enfermedades que sus poderosas inteligencias desconocían, y
los pocos que sobrevivieron emprendieron una precipitada fuga en su ingenio
espacial y desaparecieron definitivamente.
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