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Comentario
Abel sabía.
Tres meses antes, justo antes de cumplir dieciséis años, lo había adivinado, pero
se había sentido demasiado inseguro de sí mismo, demasiado abrumado por la
lógica de su descubrimiento, para mencionárselo a sus padres. En ocasiones,
cuando yacía semidormido en su litera, mientras su madre canturreaba para sí
alguna de las viejas canciones, reprimía deliberadamente la idea; pero siempre
volvía, fastidiándolo con su insistencia, forzándolo a echar por la borda todo lo que
durante largo tiempo había considerado corno el mundo real.
Ninguno de los otros jóvenes de la Estación podía ayudarlo. Estaban inmersos en
los entretenimientos del Cuarto de Juego, o mordiendo lápices mientras hacían
sus pruebas y deberes
- Abel, ¿qué te pasa? - lo llamó Zenna Peters, desde atrás, mientras él se dirigía
distraídamente hacia el depósito vacío de la Cubierta D. - Pareces triste otra vez.
Abel vaciló al contemplar la sonrisa cálida y perpleja de Zenna, luego deslizó las
manos en los bolsillos y se escabulló, saltando la escalera de metal para
asegurarse de que ella no lo siguiera. Una vez Zenna se había escurrido
subrepticiamente en el depósito sin invitación y él había arrancado la bombita del
enchufe, haciendo añicos casi tres semanas de condicionamiento. El doctor
Francis se había puesto furioso.
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