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Comentario
Los aparatos de la compañía eran buenos. Eran muy buenos. Pero en esta ocasión Hugh
Starke empezaba a pensar que tal vez no podría salirse adelante con él.
Su cuerpo relativamente pequeño pero fornido y bien constituido se inclinó sobre el cuadro
de mandos y lanzó a fondo los motores del Kallman. La tibia noche celeste de Venus
rodeaba cuanto se alzaba a la vista, tiñiéndolo todo con sus velos de color índigo. Starke no
estaba muy seguro ya de dónde se hallaba. Venus era un planeta fronterizo, y más que nada
una gran incógnita, excepto para los venusianos, quienes no emitían a los otros planetas
ningún mapa de su situación y principales accidentes de su territorio. Starke sabía que se
estaba acercando demasiado y de un modo peligroso a las Montañas de la Blanca Nube. Era
la parte más elevada de este planeta, que se erguía hacia la estratosfera, y con gran
atracción magnética, ésta con un radio de acción que se extendía hasta Dios sabe dónde.
Pero todo parecía indicar que estaba alejado ya de las montañas, o al menos volando a gran
distancia por encima de ellas.
Ocurriera lo que ocurriera, él se había lanzado al espacio con el mayor y más potente
aparato que hasta el momento hubiera conocido la historia. Pilotaba un aparato que estaba
valorado en un millón de dólares. Apretó con fuerza los mandos que se hallaban bajo sus
pies y cerró la boca haciendo entrechocar los dientes en un signo de orgullo y valor. Pasaría
mucho tiempo antes de que nadie igualara esto.
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