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Comentario
Como a la mitad del camino que conduce de Ágreda a Tarazona y en una hondonada por la que
corre un pequeño arroyo, hay una casuca de miserable aspecto, especie de barraca con honores
de venta, donde los arrieros castellanos y aragoneses se detienen a echar un trago en los días de
calor o a sentarse un rato a la lumbre cuando sopla el cierzo o cae una nevada. La venta no es de
los lugares más seguros que digamos; las crónicas del país refieren mil y mil historietas de
asaltos nocturnos, robos y muertes acontecidos en sus alrededores y sin duda alguna fraguados
por los pajarracos de cuenta que aquí concurrían, y encubiertos por el antiguo ventero, hombre
de tan mala vida como mal fin dicen que tuvo.
Las continuadas visitas de la Guardia Civil y el haber cambiado la venta de dueño han sido
causas más que suficientes para hacer de aquellos lugares, antes temibles, uno de los pasos más
seguros del camino de Tarazona. Así me lo aseguraron al menos gentes conocedoras de la
comarca; pero, como suele decirse, cría fama y échate a dormir. Rara es la persona que cuando
comienza a internarse en aquel barranco, donde por todas partes limitan el horizonte las
quiebras del terreno y en cuyo fondo se ve la casuquilla sucia, oscura, y ruinosa y como
agazapada al borde de la senda, al acecho del caminante; rara es la persona, repetimos, y sobre
todo si tiene algo que perder, que no tienda a su alrededor una mirada de inquietud, y después
de cerciorarse de que su escopeta está cebada y pronta, no arrima los talones a la caballería que
le conduce, por aquello de que el mal paso andarlo pronto
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| Autor : Becquer Gustavo A. |
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