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Comentario
INVASIÓN DESDE UN MUNDO ERRANTE
La llegada del planeta Xenephrene al sistema solar ha causado un completo caos en la
Tierra, ya que el eje del mundo cedió ante los potentes efectos de gravitación del extraño
planeta. Todo el Hemisferio Norte se volvió inhabitable; la población de la Tierra y sus
Gobiernos se vieron obligados a huir con toda rapidez hacia Sudamérica, África y
Australia. El pánico y los desórdenes estallaron y los Gobiernos, sobrecargados de
trabajo, se sintieron impotentes para controlarlos.
Entonces vino un visitante del misterioso planeta: una preciosa joven con el pelo de
plata y los ojos inocentes, de un color negro profundo, que trajo un aviso y una llamada de
la gente de su mundo.
I - La llegada del mundo
El nuevo planeta se observó por vez primera en la noche del 4 de octubre de 1966,
según informó el Observatorio de Clarkson, situado cerca de Londres. Unas horas
después los observadores de Washington lo vieron también; y aún más adelante fue
encontrado e identificado como desconocido por una de las placas fotográficas del gran
telescopio refractario de Flagstaff, Arizona. No fue visto por observadores de Table
Mountain, Cape Town, ni por el observatorio cercano a Buenos Aires, puesto que el
planeta se hallaba en los cielos del Norte.
Se hizo una breve reseña del hecho en los informes de los Reporteros Reunidos al día
siguiente, y los diarios insertaron unas cuantas líneas en sus páginas sobre ello. Nada
más.
Yo dirigí el asunto. Mi nombre es Peter Vanderstuyft. Tenía veintitrés años en aquel
otoño de 1966 y era un reportero de los servicios de radio, adjunto a las oficinas centrales
de la ciudad de Nueva York. El asunto no significaba nada para mí. Era el principio —el
significativo y diminuto principio— del más terrible período de la historia de la Tierra; pero
yo lo ignoraba. Se lo pasé a Freddie Smith, que se encontraba conmigo en la oficina
aquella noche.
—La plana mayor de papá ha encontrado una nueva estrella... ¡Maravilloso! —dije.
Pero la pecosa cara de Freddie no contestó a mi sonrisa. Por primera vez sus pálidos
ojos azules se mostraron solemnes.
—El profesor Vanderstuyft me telefoneó desde Washington hace un rato. Parece algo
extraño.
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