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UN PEREGRINO APASIONADO


 
Comentario
Tras decidir que navegaría de regreso a Norteamérica en la primera parte de junio, determiné pasar el entretanto de seis semanas en Inglaterra, con la cual yo había soñado mucho pero que hasta entonces no conocía personalmente. En Italia y Francia había concebido una resuelta preferencia por las viejas posadas, estimando que lo que algunas veces le cuestan al insatisfecho cuerpo lo pagan con creces a la deleitada alma. A mi llegada a Londres, por consiguiente, me hospedé en cierta antigua hostería muy hacia el este de Temple Bar, 1 inmersa en lo que yo denominaba la zona johnsoniana. Aquí, en la primera noche de mi estadía, descendí al pequeño comedor y encargué la cena al mismísimo genio del decoro, encarnado en la persona del solitario camarero. Tan pronto como hube cruzado el umbral de esta estancia sentí que había segado la primera ringlera de mi doradamente madura cosecha de “impresiones” británicas. El comedor del León Rojo, como tantísimos otros lugares y cosas que estaba destinado a ver en Inglaterra, parecía haber estado esperando durante largos años, con esa robusta tolerancia del tiempo inscrita en el rostro, que yo viniera a escudriñarlo, embelesado pero no sorprendido. La preparación latente de la mente norteamericana para incluso los rasgos más quintaesenciados de la vida inglesa es un asunto en el que sinceramente yo nunca había logrado llegar hasta el fondo. Sus raíces están tan hondamente enterradas en el suelo virgen de nuestra primitiva cultura que, a falta de alguna gran conmoción de experiencia, es arduo decir con precisión dónde y cuándo y cómo principia. Convierte el goce de Inglaterra para un norteamericano, en una emoción más penetrante y sagrada que su goce, digamos, de Italia o España. Había visto el comedor del León Rojo, hacía años, en casa - en Saragossa (Illinois)-, gracias a libros, visiones, sueños, Dickens, Smollett y Boswell. Era pequeño y estaba subdividido en seis estrechos compartimentos por una serie de perpendiculares mamparas de caoba, algo más altas que la estatura de un hombre, cada una dotada de un magro reborde sin almohadillar a cada lado, tenido por asiento en la antigua Britania. En cada uno de los reducidos receptáculos constituidos así de rígidamente había una estrecha mesa, una mesa que en temporadas repletas se esperaba que diera cabida a las diversas extremidades de cuatro buenos apetitos británicos. En realidad las temporadas repletas habían desaparecido del León Rojo para siempre. Ahora el León Rojo estaba repleto sólo de memorias y fantasmas y atmósfera. A lo largo de la estancia se extendía, a la altura del pecho, un soberbio conjunto de entrepaños de caoba, tan oscuros por el tiempo y tan pulidos por el roce incesante que al contemplar un rato su lucida negrura fantaseé la empañada imagen de un grupo de empelucados caballeros en calzones cortos que acabaran de llegar de York en diligencia
Autor : James Henry
 
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