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UN POCO DE LEJIA EN POLVO


 
Comentario
Dirk acababa de llegar a la habitación del hotel con la excitación grabada en sus ojos. Abrazó con fuerzas a Ginny y la besó. Al acabar el beso, ella se inclinó un poco hacia atrás para poder mirarlo. - Dirk, ¿has...? - Sí, amor mío. He encontrado exactamente lo que habíamos soñado. Incluso mejor de lo que deseábamos. La casa tira a pequeña, pero sin serlo. Cinco habitaciones. Sin embargo, tiene un jardín grande y carece de vecindario; posee toda la quietud y reserva que siempre habíamos deseado. Está situada en un extremo de la ciudad, casi pudiera decirse que en pleno campo. - Parece maravilloso, pero... ¿podremos pagar todo eso, Dirk? ¿Cuánto piden? - Tanto si quieres creerlo como si no, sólo piden siete mil. Y mil por adelantado. Ven a dar el visto bueno, para que podamos ocuparla antes de que el agente de fincas se dé cuenta de que le han estafado. A Ginny le pareció por unos momentos como si ya todas sus preocupaciones no existiesen con sólo que ella aprobase la casa. El coche de Dirk estaba siendo reparado en el garaje, por lo que tomaron el autobús. El agente de fincas, le explicó Dirk, tenía que reunirse allí con ellos. Ginny permaneció durante todo el camino con los pulgares en alto en la esperanza de que con ello facilitaría que la casita fuera de su agrado. Un hotel, pensaba ella, es fantástico durante la luna de miel, pero resulta horroroso una vez acabada ésta y cuando uno tiene ya ganas de establecerse en un sitio fijo. Hacía ya una semana que habían llegado de su corto pero delicioso viaje. Corto, pues Dirk quería ahorrar el dinero suficiente para pagar el mes adelantado que les pedirían por comprar una casa propia. El viaje de novios había sido tan corto y maravilloso como el noviazgo que le había precedido. Parecía casi imposible que sólo hubiera pasado un mes desde que se habían conocido, y que hubieran ocurrido tantas cosas en tan sólo cuatro semanas. Cuando se apearon del autobús tuvieron que caminar aún a lo largo de unas pocas manzanas, hasta que Dirk exclamó: - ¡Ésa es, querida!
Autor : Brown Fredric
 
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