 |
|
Comentario
En una de sus encantadoras y candorosas expresiones, que llegarían a ser conocidas por
todo su público televisivo, el doctor Hepplemeyer atribuyó su éxito en la ciencia no a su
talento sino a su nombre. ¿Se imaginan lo que significa llamarse Julius Hepplemeyer
para toda una vida? Cuando uno es Julius Hepplemeyer, se ve obligado a trascender el
nombre, o se conforma con perecer.
Había recibido el Premio Nobel en dos oportunidades, antes de perfeccionar el aro, lo
que era prueba de que verdaderamente había trascendido su nombre. Al agradecer la
distinción, hizo gala de lo que la prensa dio en llamar «las joyas de Hepplemeyer», es
decir, dichos o sentencias como éstas: «La sabiduría obliga al hombre a actuar
tontamente», «La educación impone una búsqueda de la ignorancia» «La solución
siempre hace necesario el problema».
Esta última sentencia se aplicaba perfectamente al aro. El doctor Hepplemeyer nunca
había tenido la intención de curvar él espacio, algo que le parecía presuntuoso.
—Sólo Dios puede curvar el espacio —repetía con insistencia—. El hombre
simplemente busca, y a veces encuentra.
—¿Cree en Dios? —le preguntó con ansiedad un periodista.
—En un Dios irónico, sí. La prueba de su existencia está en la risa. Una sonrisa es la
única expresión de eternidad.
Hablaba de esa manera sin ningún esfuerzo especial, y las personas muy observadoras
se daban cuenta de que pensaba de esa manera. Su mujer era una persona muy
observadora. Una mañana, durante el desayuno, mientras él se disponía a comer un
huevo pasado por agua, le explicó que todo vuelve a sí mismo.
Eso le causó una gran impresión a su mujer, aunque sin saber por qué.
—¿Incluso Dios? —le preguntó.
—Especialmente Dios —contestó él, y durante los dos años siguientes trabajó en el aro.
El decano de Ciencias de la Universidad de Columbia le facilitó las cosas, permitiéndole
que diera sólo una clase por semana. Se lo ayudó de todas las maneras imaginables.
Después de todo, estaban en la Era de Hepplemeyer. Ya Einstein había muerto, y
Hepplemeyer se veía obligado a recordar a sus admiradores que si bien la Ley del
Retorno de Hepplemeyer había abierto nuevos caminos a la física, de cualquier manera
descansaba sólidamente sobre la base de la obra de Einstein. Pero su modestia caía en
oídos sordos. El suplemento semanal del «New York Times», que antes sacaba seis
artículos por año sobre algún aspecto de la obra de Einstein, ahora había reducido los
artículos a tres, mientras dedicaba siete a Hepplemeyer. Isaac Asimov, continuamente
dedicado a esclarecer los misterios de la ciencia, dedicó seis mil palabras a una
explicación popular de la Ley del Retorno, y aunque hubieron pocos que la entendieron,
sirvió de tema de conversación de sobremesa a miles de lectores intrigados. No hubo
muchos egos averiados, ya que el mismo Asimov calculaba que sólo unas doce personas
en el mundo entendían realmente las ecuaciones de Hepplemeyer (y el no se incluía
entre ellas)
| |