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Comentario
MI QUERIDO amigo:
Perentoriamente invitado a contribuir con algún escrito mío a la celebración de su
septuagésimo cumpleaños, durante largo tiempo me he esforzado por hallar algo que
pudiera ser, en algún sentido, digno de usted y que atinara a expresar mi admiración por su
amor a la verdad, por el coraje de sus creencias, por su afección y devoción hacia la
humanidad. Algo que, además, diera fe de mi gratitud para con un poeta que me ha
procurado tanto goce y tantos momentos de exaltación. Mas fue en vano; yo soy diez años
más viejo que usted, y mi capacidad de producción está agotada. Lo único que finalmente
puedo ofrecerle es el regalo de un venido a menos que «ha visto una vez días mejores».
Usted sabe que mi labor científica tuvo por objeto aclarar las manifestaciones
singulares, anormales o patológicas de la mente humana, es decir, reducirlas a las fuerzas
psíquicas que tras ellas actúan y revelar al mismo tiempo los mecanismos que intervienen.
Comencé por intentarlo en mi propia persona, luego en los demás, y finalmente, mediante
una osada extensión, en la totalidad de la raza humana. En el curso de los últimos años
surgió reiteradamente en mi recuerdo uno de esos fenómenos que hace una generación, en
1904, experimenté en mí mismo y que nunca llegué a comprender. Al principio no atiné a
explicarme el motivo de la recurrencia, pero finalmente me resolví a analizar el pequeño
incidente, y aquí le comunico el resultado de tal estudio. Al hacerlo debo rogarle,
naturalmente, que no preste a ciertos datos de mi vida personal una atención mayor de la
que en otras circunstancias merecerían.
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