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UNA MUÑECA RUSA


 
Comentario
Los males de mi columna me retuvieron en un largo encierro, interrumpido únicamente por visitas a consultorios, a institutos de radiografías y de análisis. Al cabo de un año recurrí a las termas, porque me acordé de Aix-les-Bains. Quiero decir, de su fama de rumbosas temporadas de la gente más frívola y elegante de Europa; y de aguas cuya virtud curativa se admitió desde tiempos anteriores a Julio César. Para que mi estado de ánimo cambiara y para que reaccionara mi organismo, creo que yo necesitaba, más aún que las aguas, la frivolidad. Volé a París, donde pasé poco menos de una semana; después un tren me llevó a Aix- les-Bains. Bajé en una estación chica y modesta, que me sugirió la reflexión: «Para buen gusto, los países del viejo continente. En nuestra América somos faroleros. Caben cuatro estaciones de Aix en la nueva de Mar del Plata». Confieso que al formular la última parte de esa reflexión, me invadió un grato orgullo patriótico. Al salir vi dos avenidas: una paralela a las vías, otra perpendicular. Por la primera avanzaba un pescador, con la caña al hombro y una canasta. Ignoré las ofertas de un taximetrero y me acerqué al pescador. —Le ruego —dije—. ¿Podría indicarme dónde queda el Palace Hotel? —Sígame. Voy allá. —No me aconseja tomar un taxi? —No vale la pena. Sígame. Con temor de que las dos valijas incidieran en mi cintura, obedecí. Doblamos por la otra avenida, cuyo primer tramo es en pendiente empinada. Para no pensar en la cintura, pregunté: —Qué tal le fue de pesca? —Bien. Aunque pescar en un lago enfermo no es ¿cómo le diré? satisfactorio. Falta la segunda parte del programa, en que el pescador hace valer el trofeo: come lo que pescó o lo regala a sus amigos. —Y aquí no puede hacerlo? —En esta canasta hay buena cantidad de horribles chevaliers. Si los ve, se le hace agua la boca. Si los come puede pasarle algo molesto. Enfermarse, por ejemplo. Exagero tal vez, pero no mucho. —Es posible? —Más que posible: probable. La polución, mi querido señor, la polución. Hemos llegado. Iba a preguntarle a qué, pero comprendí que ya no hablaba de la polución ni de la pesca. —No me diga que éste es el hotel? —exclamé con sincera perplejidad. —Efectivamente. ¿Por qué pregunta?
Autor : Bioy Casares Adolfo
 
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