 |
|
Comentario
Me llamo John Brenwalter. Mi padre, un borracho, logró patentar un invento para
fabricar granos de café con arcilla. Era un hombre honrado y no se hubiera
comprometido él solo en la fabricación. Por esta razón, era moderadamente rico:
las regalías de su valioso invento apenas le dejaban lo suficiente para pagar
los gastos del pleito contra los bribones culpables de la infracción. Fue así
que yo carecí de muchas de las ventajas de gozan los hijos de padres deshonestos
e inescrupulosos, y de no haber sido por una madre noble y devota (quien
descuidó a mis hermanos y a mis hermanas y vigiló personalmente mi educación),
habría crecido en la ignorancia y habría sido obligado a asistir a la escuela.
Ser el hijo favorito de una mujer bondadosa es mejor que el oro.
Cuando yo tenía diecinueve años, mi padre tuvo la desgracia de morir. Había
tenido siempre una salud perfecta, y su muerte, ocurrida a la hora de cenar y
sin previo aviso, a nadie sorprendió tanto como a él mismo. Esa misma mañana le
habían notificado la adjudicación de la patente de su invento para forzar cajas
de caudales por presión hidráulica y sin hacer ruido. El Jefe de Patentes había
declarado que era la más ingeniosa, efectiva y benemérita invención que él
hubiera aprobado jamás. Naturalmente, mi padre previó una honrosa, próspera
vejez. Es por eso que su repentina muerte fue para él una profunda decepción. Mi
madre, en cambio, para quien la piedad y la resignación ante los designios del
Cielo eran virtudes conspicuas de su carácter, estaba aparentemente menos
conmovida. Hacia el final de la comida, una vez que el cuerpo de mi pobre padre
fue alzado del suelo, nos reunió a todos en el cuarto contiguo y nos habló de
esta manera:
| |