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Comentario
No me gustan los niños, nunca me gustaron. Son demasiado raros, misteriosos.
Para empezar, sus ojos no tienen fondo. No han aprendido a bajar sus telones
mentales, como hacen los adultos. Y, por otra parte, ¡es tanto lo que no saben! Y el
no saber las cosas les hace saber muchísimas otras que los adultos no pueden conocer.
Todo esto parece confuso, y lo es. Pero hay que verlo de este modo. Cada vez que le
enseñamos a un niño una cierta cosa, le estamos enseñando también que un centenar
de otras son imposibles, precisamente porque dicha cosa es como es. Cuando nos
hacemos mayores, nuestro mundo está tan acotado y vallado de imposibilidades que
es sorprendente que lleguemos jamás a intentar nada nuevo.
De todos modos, no me gustan los niños, así que supongo que no hay nada de malo
en que me haya quedado soltero.
Fijémonos ahora en Tadeo. Tadeo no me cae bien. Bueno sí, es un chiquillo
estupendo, más despierto que la mayoría (Tadeo es mi sobrino) pero es demasiado
joven. Empezará a caerme bien uno de estos días, cuando cumpla los diez u once
años. No, todavía será demasiado joven. Supongo que me caerá fenomenal cuando
empiece a cambiarle la voz y comience a echarse brillantina o fijador en el pelo. La
adolescencia acaba con más cosas de las que inicia.
La primera vez en que verdaderamente me familiaricé con Tadeo fue en la
Navidad en que cumplió los tres años. Era entonces un niño muy seriecito, que apenas
si dejó escapar una sonrisa en todo el día, a pesar de la avalancha de todo cuanto
puede causar emoción a un chiquillo. Nada más empezar el día de Navidad, ya me
hizo sentir desazón. Se quedó allí plantado, en medio del grupo de mozalbetes
chillones que se apiñaban en torno al árbol, en la sala delantera de la casa de mis
parientes
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