 |
|
Comentario
Lo más notable en las historias de vampiros, es que han compartido con los filósofos -esos otros
demonios- el honor de asombrar y confundir al siglo XVIII; han horrorizado la Lorena, la Prusia, la
Silesia, Polonia, Austria, Rusia, la Bohemia, y todo el norte de Europa. Cada siglo, es cierto, ha tenido sus
modas; cada país, como lo observa el señor Calmet, ha tenido sus prevenciones y sus enfermedades. Pero
los vampiros no han aparecido con todo su esplendor en los siglos bárbaros y en los pueblos salvajes: se
han mostrado en el siglo de Diderot y Voltaire, en la Europa que se decía ya civilizada.
Se ha dado el nombre de upiers oupires, y más generalmente de vampiros en Occidente, de bruculaques
(vroucolacas) en Moreé, y de katahanés en Ceilán, a los hombres muertos y enterrados que después de
muchos años, o al menos después de muchos días, volvían en cuerpo y alma, hablaban, caminaban,
infestaban las aldeas, maltrataban a hombres y a los animales, y sobre todo, chupaban la sangre de sus
prójimos, los agotaban y les producían la muerte {esta es la definición que da el R.P. Calmet}. No era
posible librarse de sus visitas peligrosas y de sus infestaciones mas que cuando se les exhumaba, se les
empalaba, se les cortaba la cabeza, se les arrancaba el corazón o se les quemaba
| |