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Comentario
Cuando abandoné la cápsula del Tallo de Kenya lo llevaba tras mis talones. Me siguió
a través de la puerta que conducía a Aduanas, Sanidad e Inmigración. Cuando la puerta
se contrajo tras él, lo maté.
Nunca me ha gustado ir por el Tallo. Mi desagrado proviene de mucho antes del
desastre del Enganche Celeste de Quito. Un cable que sube hacia el cielo sin nada que lo
sujete desde arriba huele demasiado a magia. Pero la única otra forma de alcanzar Ele-
Cinco toma demasiado tiempo y es demasiado cara; mis órdenes y mi cuenta de gastos
no cubrían ninguna de las dos cosas.
Así que estaba nerviosa antes incluso de abandonar la lanzadera de Ele-Cinco en la
Estación Estacionaria para abordar la cápsula del Tallo... pero, maldita sea, estar nerviosa
no es ninguna razón para matar a un hombre. Yo sólo había pretendido ponerlo fuera de
combate durante unas cuantas horas.
El subconsciente tiene su propia lógica. Lo sujeté antes de que golpeara el suelo y lo
arrastré rápidamente hacia una hilera de armarios cerrados a prueba de bombas,
apresurándome para evitar manchar el suelo... apreté su pulgar contra la cerradura, lo
metí dentro y agarré su bolsa, encontré su tarjeta del Diners Club, la metí en la ranura,
retiré sus documentos de identidad y su dinero suelto, y arrojé el bolso dentro con el
cadáver al tiempo que el armario se cerraba y lo ocultaba. Me alejé.
Un Ojo Público estaba flotando encima y más allá de mí.
No había razón para ponerse nerviosa. Nueve de cada diez veces un Ojo está vagando
al azar, sin nadie que lo dirija, y su cinta de veinticuatro horas puede ser comprobada por
un humano o no antes de ser borrada. La décima vez... Puede que haya un oficial de paz
controlándolo desde cerca... o puede que se esté rascando y pensando en lo que hizo la
otra noche.
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