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VIERNES


 
Comentario
Cuando abandoné la cápsula del Tallo de Kenya lo llevaba tras mis talones. Me siguió a través de la puerta que conducía a Aduanas, Sanidad e Inmigración. Cuando la puerta se contrajo tras él, lo maté. Nunca me ha gustado ir por el Tallo. Mi desagrado proviene de mucho antes del desastre del Enganche Celeste de Quito. Un cable que sube hacia el cielo sin nada que lo sujete desde arriba huele demasiado a magia. Pero la única otra forma de alcanzar Ele- Cinco toma demasiado tiempo y es demasiado cara; mis órdenes y mi cuenta de gastos no cubrían ninguna de las dos cosas. Así que estaba nerviosa antes incluso de abandonar la lanzadera de Ele-Cinco en la Estación Estacionaria para abordar la cápsula del Tallo... pero, maldita sea, estar nerviosa no es ninguna razón para matar a un hombre. Yo sólo había pretendido ponerlo fuera de combate durante unas cuantas horas. El subconsciente tiene su propia lógica. Lo sujeté antes de que golpeara el suelo y lo arrastré rápidamente hacia una hilera de armarios cerrados a prueba de bombas, apresurándome para evitar manchar el suelo... apreté su pulgar contra la cerradura, lo metí dentro y agarré su bolsa, encontré su tarjeta del Diners Club, la metí en la ranura, retiré sus documentos de identidad y su dinero suelto, y arrojé el bolso dentro con el cadáver al tiempo que el armario se cerraba y lo ocultaba. Me alejé. Un Ojo Público estaba flotando encima y más allá de mí. No había razón para ponerse nerviosa. Nueve de cada diez veces un Ojo está vagando al azar, sin nadie que lo dirija, y su cinta de veinticuatro horas puede ser comprobada por un humano o no antes de ser borrada. La décima vez... Puede que haya un oficial de paz controlándolo desde cerca... o puede que se esté rascando y pensando en lo que hizo la otra noche.
Autor : Heinlein Robert
 
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