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Comentario
La tierra está seca, áspera al tacto del único ojo del cielo, que quema con su furia
la arena estéril; las huellas de la vida han sido borradas por el aliento de la
desolación. A lo lejos, se distinguen l
as ruinas de atalayas centenarias que hace
tiempo doblaron la testuz de piedra, trastornadas por el abandono. El aire cala sus
restos muertos en vano intento por resucitarlas. No hay movimiento, ni sonido
alguno. En torno a ellas pulula un gran número de seres invisibles, pálidos
recuerdos de existencia, señal inequívoca del paso de la muerte. Rondan las
jambas derribadas, saltan los muros, dan vueltas alrededor de lo que en otro
tiempo fue su hogar. No tienen memoria, e ignoran qué les lleva a volver una y
otra vez a aquel sitio donde ya no les recibe nadie. Quieren gritar pero carecen de
garganta; o llorar sobre las fosas donde aún reposan sus huesos, pero han sido
privados de ojos. Permanecen en un estado de eterna ignorancia y eterna
esperanza; separados tanto de la vida como de la muerte, sin poder engendrar
materia ni pensamiento, sin poder sentir placer o dolor; ciegos, mudos y sordos.
Con pesadillas en vez de sueños, como entes vegetativos, carentes incluso de
extensión física. El tiempo no les afecta, pues están fuera de sus dominios; lo ven
pasar, lo ven detenerse y acelerarse, destruir lo orgánico y lo inorgánico, en
connivencia con sus hijas, las doncellas de la muerte, portadoras de afiladas
espadas que se ceban en todo cuanto existe sin asomo de remordimiento
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