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Comentario
Existe una similitud, si me permitís una excursión al reino de las metáforas
tenues, entre la sensación de una brisa helada y la sensación de una hoja de
cuchillo, cuando acarician tu nuca. Si me esfuerzo, puedo convocar recuerdos
de ambas. La brisa helada siempre constituirá un recuerdo más agradable. Por
ejemplo...
Tenía once años y limpiaba mesas en el restaurante de mi padre. Era una
noche tranquila, pues sólo estaban ocupadas un par de mesas. Un grupo
acababa de irse y me encamine hacia la mesa que habían utilizado.
La mesa de la esquina era un caos; un macho, una hembra. Ambos
dragaeranos, por supuesto. Por algún motivo, los humanos no solían frecuentar
nuestro local quizá porque nosotros éramos también humanos, y no deseaban
en el estigma, o algo por el estilo. Mi padre siempre evitaba hacer negocios con
otros «orientales».
Había tres en la mesa situada junto a la pared del fondo. Todos machos, y
dragaeranos. Observé que no había propina en la mesa que estaba limpiando,
y oí una exclamación ahogada detrás de mí.
Me volví justo cuando uno de los tres dejaba caer la cabeza en el plato de
pierna de lyorn con pimientos rojos. Mi padre me había dado permiso para
preparar la sala, y la primera idea loca que me vino a la mente fue si habría
cometido alguna equivocación.
Los otros dos se levantaron con tranquilidad, como si su amigo no les
preocupara en absoluto. Empezaron a caminar hacia la puerta, y comprendí
que tenían la intención de irse sin pagar. Miré a mi padre, pero estaba en la
pared.
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