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Comentario
Cuando era joven, me enseñaron que cada ciudadano del imperio
dragaerano nacía en una de las diecisiete Casas, que recibían su nombre de
un animal. También me enseñaron que los humanos, u «orientales», como yo,
éramos escoria sin valor. Me enseñaron que nuestras únicas alternativas, si
queríamos llegar a tener algo, era jurar fidelidad a algún señor e integrarnos en
la clase campesina de la Casa del Teckla, o bien, como hizo mi padre, comprar
un Título de Nobleza de la Casa del jhereg.
Más tarde, encontré a un jhereg salvaje, lo amaestré y me dispuse a dejar
huella en la sociedad dragaerana.
Cuando fui mayor, descubrí que casi todo cuanto me habían enseñado eran
mentiras.
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